
A principios de los 90, comprar una computadora significaba entender de megahertz. De memoria RAM. De la velocidad del procesador.
(Según he leído… yo apenas había nacido)
Hasta que llegó Apple.
Y en lugar de decirte qué tenía adentro la máquina, te dijo algo distinto: esto es para las personas que piensan diferente.
Mismo producto. Otra forma de decir las cosas, con otro foco: en el usuario. En las personas.
¿Y el vino?
Abrí Instagram ahora mismo y buscá cualquier bodega.
Lo que vas a encontrar es esto: premios, puntuaciones, descripciones de terroir, fotos de viñedos con luz dorada, videos hechos con dron.
Todo correcto. Todo igual. Todo aburrido.
Todo centrado en el producto, en la bodega, en ellos mismos.
Y entiendo por qué pasa. Conozco ese mundo desde adentro: diez vendimias en ocho países + años trabajando en bodegas de distintos tamaños y estilos. Sé lo que es estar parada frente a un tanque de fermentación a las once de la noche sintiendo que ese vino es tuyo y que esperás que a la mañana siguiente esté bien. Que no le haya pasado nada. Lo cuidás como si fuera un hijo. Literal, je.
Pero hay un problema.
La gente no conecta con el vino. Conecta con la gente.
Nadie se hizo fan de Taylor Swift porque se leyó la partitura de sus canciones.
Nadie sigue a Bizarrap porque alguien le explicó su proceso de producción.
Liquid Death vende agua —el producto más genérico del mundo— y tiene una comunidad y una fila de marcas buscando colaborar con ellos.
¿Qué tienen en común?
Que son diferentes y se comunican en consecuencia. Desafían, intencional o inconscientemente, el status quo.
Que construyeron algo con lo que la gente quiere identificarse. Que seguirlos se siente como pertenecer a algo.
Que asumen riesgos, se mantienen fieles a su estilo y a sus orígenes.
El vino tiene y/o puede tener todo eso. Y más.
Las heladas que salvaron una cosecha entera. La vendimia donde todo salía mal y terminó siendo el mejor vino de la bodega en años. El día que alguien apostó todo a un estilo que nadie entendía todavía. El compañero que dice chistes y te da alegrías cada mañana. Los riesgos que asumieron los dueños cuando todos les decían que estaban locos. Los milagros. Las formas de elaborar los vinos. Las palabras que usan los enólogos para hablar de sus hijos.
Todo eso las bodegas que conozco ya lo tienen.
Pero casi ninguna las cuenta.
De eso va la newsletter que estoy escribiendo.
No de marketing de vino en abstracto.
Va de cómo las bodegas pueden construir comunidad alrededor de su proyecto —para vender mejor, retener clientes y dejar de depender de intermediarios y puntuaciones.
Con casos reales. Con observaciones. Con criterio propio.
Y con la incomodidad de decir en voz alta lo que muchos piensan pero pocos nombran.
Si sos dueño o director de una bodega y alguna vez te preguntaste por qué con todo lo que tenés no lográs que tus clientes vuelvan solos, esto es para vos.
Si trabajás en comunicación o marketing de una bodega y querés argumentos para convencer a quien toma las decisiones, también.
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Melisa Agamennoni
Me dedico al vino desde el 2009. Y desde entonces es que estoy en una búsqueda continua por apoyar esta industria.
Me mueve y me inspira su resiliencia, su historia; sus anécdotas de esfuerzo, pasión y superación.