Sobre el marketing, el vino, y por qué terminé cruzando al otro lado.

Recuerdo conversaciones con colegas donde el marketing era casi una mala palabra. De hecho, le llamábamos el lado oscuro.
Lo veíamos como humo. Como una herramienta para vender gato por liebre.
Y lo entiendo. Quienes trabajamos en producción vemos las cosas de manera técnica y tangible. Las decisiones se traducen en resultados concretos: el vino que elaborás, los litros que producís, los datos analíticos del vino, el seguimiento de la crianza de las botellas.
El marketing, en cambio... palabrería. Cosas abstractas. Engañosas.
Lo que me hizo cambiar de opinión fue… estudiarlo.
Y darme cuenta de algo que parece obvio pero no lo es: el vino es un producto homogéneo. Es una bebida producto de la fermentación de mosto de uva. Eso es todo.
Entonces, ¿qué hace diferente un vino de otro? ¿Un proyecto de otro?
Ahí es donde entra el marketing. Y la comunicación.
Pero ojo. La mayoría de las bodegas lo aplican al revés. Arrancan desde afuera. Desde la venta, desde lo que suena bien, desde lo que hace la competencia. Y si todos lo hacen, nadie lo hace.
El marketing funciona cuando arranca desde adentro. Desde el autoanálisis del proyecto.
Sí, una bodega quiere vender. Quiere facturar. Quiere ser sostenible. Es un negocio y todo negocio necesita serlo.
Pero antes de pensar en cómo vender, hay preguntas que responder.
¿Por qué estás? ¿Por qué hacés vino? ¿Por qué lo hacés como lo hacés? ¿Qué tiene tu proyecto que no tiene ningún otro?
Si no sabés por dónde arrancar, acá van las preguntas que yo le haría a cualquier bodega antes de hablar de estrategia:
Las respuestas a estas preguntas son tu estrategia de marketing.
Todo lo demás viene después.

Melisa Agamennoni
Me dedico al vino desde el 2009. Y desde entonces es que estoy en una búsqueda continua por apoyar esta industria.
Me mueve y me inspira su resiliencia, su historia; sus anécdotas de esfuerzo, pasión y superación.