
Cuando creás algo que sentís tuyo, generalmente pasan dos cosas.
O creés que es una mierda y no vale para nada.
O que es algo único y precioso en el mundo.
(Siempre que escribo o pienso en la palabra precioso se me viene Gollum, del Señor de los Anillos)
Hasta que después viene alguien de afuera y te dice: esto está buenísimo. O... mirá, no te quiero pinchar el globo, pero la rueda ya la inventaron.
Las dos son igual de reveladoras. Porque en los dos casos, vos no lo podías ver.
Una vez una jefa (hoy amiga) me pidió que la acompañara a la bodega.
Llevamos dos copas. Me dio a probar un vino que yo no conocía. Un Chardonnay con velo de flor, que estaba reposando en tanque.
Le dije que estaba buenísimo.
Ella dudaba.
No sé si fue mi reacción, el entusiasmo, las palabras exactas que usé, o todo eso junto. Pero la historia corta es que ese Chardonnay terminó en una botella.
Y le fue muy bien.
Ese vino existía. Estaba ahí.
El problema era que ella lo había visto nacer y… además, no lo tenía planeado. Entonces, como fue producto de algo más espontáneo e intuitivo, dudó.
Solamente necesitaba que alguien de afuera le dijera: esto vale.
Y estoy segura de que este caso no es el único.
Las bodegas, repito, no es que no tengan nada para contar. Es que llevan tanto tiempo adentro, viviendo su micromundo, su día a día, que ya no pueden ver lo que tienen. Que lo dan por hecho.
Lo que para ellos es normal, para alguien que llega por primera vez es una experiencia que no había tenido nunca.
Las decisiones que tomaron con miedo, los riesgos que asumieron, las vendimias accidentadas, los vinos que dudaron en embotellar —todo eso que para ellos es historia conocida, para afuera es exactamente lo que conecta.
Y mientras tanto, siguen comunicando con los supuestos de siempre. Repitiendo las mismas palabras.
Sin darse cuenta de que del otro lado eso ya no llega, no conecta, no emociona. Y que hay personas que podrían enamorarse de su proyecto si alguien se los tradujera bien.
(Apuesto a que esto nos pasa a todos y debe haber un término en Psicología)
La solución más simple: necesitás una mirada de afuera.
Un cliente nuevo al que le preguntás qué sintió en su primera visita. Un amigo que no sabe nada de vino y prueba tu producto sin contexto. Un profesional que te genera confianza y cercanía, y te gustaría saber qué siente.
Alguien que vea lo que vos ya no podés ver.
Si querés empezar solo/a, antes de buscar esa mirada externa, acá van cinco preguntas. Respondelas por escrito, sin pensar demasiado:
Si al responder alguna sentís incomodidad, ahí está lo que vale la pena contar :)
¿Querés una mirada externa sobre tu proyecto? Respondé este post o escribime por MD.

Melisa Agamennoni
Me dedico al vino desde el 2009. Y desde entonces es que estoy en una búsqueda continua por apoyar esta industria.
Me mueve y me inspira su resiliencia, su historia; sus anécdotas de esfuerzo, pasión y superación.